
Leo en El Periódico de Guatemala un artículo donde se expone una problemática bastante común y preocupante. El artículo empieza con el siguiente texto:
No la vio venir. Ni siquiera lo imaginaba. Pero sintió la mano diminuta que arremetía con fuerza contra su mejilla. Segundos después, todavía atónita, Priscila González logró asimilarlo: acababa de recibir una bofetada de parte de uno de sus alumnos de 2 años. El niño la miraba desafiante, mientras ella se preguntaba qué hacer. En sus siete años de experiencia nunca le había pasado. "Nadie va a limpiar lo que haces. Límpialo tú", le exigió al pequeño frente a la comida desparramada, acto seguido sintió la manita reprobando sus palabras. Priscila es maestra del jardín de infantes Decroly de la zona 11, y a pesar de que sus alumnos no superan los 5 años ya saben imponer su voluntad por la fuerza.
"Me pregunto si esas son actitudes que han aprendido en su casa", cuestiona Priscila. El psicólogo César López, con 18 años de experiencia en docencia, piensa que sí. "Los niños suelen representar la misma dinámica familiar. Si tratan mal a los padres, lo hacen también con el maestro".
"Me trataban como si fuera su sirviente", se queja Sonia de Rivera al recordar sus días de profesora de educación para el hogar en un colegio de la zona 15. Cuando llegaba con su recetario de cocina, la respuesta le dejaba perpleja, "para qué vamos a aprender trabajo de muchacha".
Ramón habla bajito, tanto que hay que acercarse para poder escucharle, sus pantalones cortos y camiseta delatan su profesión: maestro de educación física. "Estoy cansado de que me traten mal", dice quedito, atento a la llegada del director en un instituto de la zona 1. "Me llaman hueco o hijo de puta", las palabras salen tímidas de su boca.
Creo que la resolución de este problema pasa por establecer límites tal y como se comenta en el artículo:
"queremos ser facilitadores de la educación, no dictadores. La imagen del maestro ha cambiado, ahora los alumnos tienen confianza en sus maestros, y eso es bueno, pero puede propiciar falta de respeto si no se ponen límites".
"Yo no creo en eso de que el maestro debe ser amigo del alumno", dice César López, "el maestro debe ser mentor, guía y figura de autoridad. Por encima de todo, figura de autoridad". Pero en el clima de inseguridad que se vive, a veces el maestro teme al alumno. "Tenemos que tener claro que castigamos la conducta, no al ser humano", subraya López.

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