jueves, 5 de mayo de 2005

EL ENTERRAMIENTO PREMATURO

Como gran aficionado que soy a la literatura de suspense y de terror, os propongo en las siguientes líneas un fragmento del famoso relato de Edgar Allan Poe que da nombre a este Post. A ver si os gusta:

"Ser enterrado vivo es, sin duda, el más terrible de estos extremos que haya caído jamás en suerte al simple mortal. Ningún ser pensante puede negar que ha caído con frecuencia, con mucha frecuencia. Los límites que dividen la vida de la muerte son, como mucho, sombríos y vagos. ¿Quién podría decir dónde termina una y comienza la otra? Sabemos que hay enfermedades que producen cese total de todas las funciones vitales aparentes y en las que, sin embargo, estos ceses son meras suspensiones, para hablar con precisión. Son sólo pausas temporales del incomprensible mecanismo. Transcurrido cierto tiempo, algunos principios misteriosos ocultos ponen en movimiento nuevamente los mágicos piñones y las ruedas de hechicería. La cuerda de plata no estaba suelta para siempre, ni el vaso de oro irreparablemente roto. Pero, mientras tanto, ¿dónde estaba el alma?...

...Podría recurrir, si fuera necesario, a un centenar de casos perféctamente auténticos. Uno muy notable, y cuyas circunstancias pueden estar frescas aún en la memoria de algunos lectores, tuvo lugar, no hace mucho tiempo, en una ciudad cercana a Baltimore, dónde causó una excitación dolorosa, intensa y generalizada. La mujer de uno de los más respetados ciudadanos, un eminente abogado miembro del Congreso, fue atacada por una enfermedad repentina e inexplicable, que burló el ingenio de sus médicos. Después de sufrir mucho, murió o se creyó que había muerto. En realidad, nadie sospechó o tuvo motivos para sospechar que no había muerto. Presentaba todos los síntomas habituales de la muerte. La cara cobró un habitual contorno contraído. Los labios tenían la palidez del marmol. Los ojos carecían de brillo. No había calor. Las pulsaciones se habían detenido. Durante tres días el cuerpo fue mantenido sin enterrar; durante este tiempo, adquirió mayor rigidez. En resumen, el funeral fue apresurado a causa del veloz avance de lo que, se suponía, era la descomposición.

La dama fue depositada en la bóveda familiar, que permaneció cerrada durante los tres años siguientes. Al finalizar este periodo, fue abierta para la recepción de un sarcófago, pero, ¿oh, qué espantoso choque esperaba al marido, quien, en persona, abrió la puerta! Al abrirse las puertas, un objeto vestido de blanco cayó rechinando en sus brazos. Era el esqueleto de su mujer, que aún tenía la mortaja puesta.

Una investigación cuidadosa dio como resultado que la mujer había revivido dos días después de enterrada, que su lucha dentro del ataud había provocado la caída desde el nicho o estante al suelo, donde se había roto, permitiendo así que ella escapara. Una lámpara que había quedado por accidente llena de aceite dentro de la tunba, estaba vacía; sin embargo, debió consumirse por evaporación. En el escalón superior que llevaba hacia la espantosa cámara, había un gran pedazo de ataúd, con el que, según parecía, la mujer había tratado de llamar la atención golpeando sobre la puerta de hierro. Mientras lo intentaba, probablemente, se desmayó o tal vez murió de terror, y, al caer, la mortaja se enredó en alguna pieza de hierro que se proyectaba hacia dentro. En esta posición, erecta, se quedó y así se pudrió."

La narración que realiza Edgar Allan Poe en el resto del relato, contando otros casos de enterramientos prematuros (incluidos sus miedos entorno a este tema), son estremecedores. En las siguientes líneas extraídas de una biblioteca jurídica virtual podemos ver la evolución histórica de este concepto:

â??En el pasado se identificaba la muerte de una persona con el cese de la función cardiorrespiratoria, pero actualmente se sabe que puede existir la muerte de partes del cuerpo, sin que esto equivalga a la muerte de la totalidad del individuo. Ha habido una evolución importante del concepto de muerte en la historia de la humanidad, sobre todo ligado a los descubrimientos que sobre la reanimación de personas "aparentemente muertas" se fueron suscitando como parte del desarrollo tecnológico de la medicina.

Ya Galeno desde el punto de vista médico, refería en sus escritos, la confusión que existía sobre el criterio de diagnóstico de muerte en los casos de histeria, asfixia, coma y catalepsia, pues se daba cuenta que había ocasiones en que las personas presentaban apariencia de muerte, y que no constituían un verdadero estado irreversible.

Maimónides, a través de sus observaciones de casos clínicos, pensaba que era posible recuperar la vida después de ahogamiento, y ello fue confirmado cuando Elijah, médico contemporáneo suyo, restauró la respiración en un supuesto muerto por inmersión. Desde ese momento la pérdida de latido cardiaco y la respiración como diagnóstico de muerte empezó a ser cuestionable.

La práctica de los velorios se relacionan históricamente con la dificultad de determinar en muchos casos el estado de muerte, un antecedente de ello se encuentra en el Talmud, donde se pide a los deudos visitar el cuerpo del difunto por tres días para certificar la ausencia de signos vitales antes del enterramiento. Aparentemente la práctica del velorio de tres días evitaba el entierro de vivos, y la sociedad civil se encontraba conforme con ello, pero esta costumbre fue confrontada en el siglo XIV con la aparición de la Gran Plaga, ya que para evitar la epidemia se requería que los cadáveres fueran quemados lo antes posible. La pobre distinción entre coma y muerte, se reflejó en el miedo de la población a ser quemados vivos ya que en muchos casos de quema, los moribundos "revivían" en las hogueras, lo que causó pánico, y con estos hechos, el temor a la muerte se recrudeció en esa época. El médico del papa, Paulus Zacchiras escribió que durante 1740 a 1850 la única manera de hacer la distinción entre vida y muerte era la putrefacción, y otro investigador contemporáneo Winslow (1740) publicó su libro Signos inciertos de muerte y peligro de enterramiento y disección prematura. La población se encontraba cada vez más temerosa y perpleja sobre quién verdaderamente se encontraba muerto.

Otro acontecimiento que influyó sobre el criterio de defunción se ocasionó por otro descubrimiento médico. En Francia (1740-1767) se empezó a enseñar la respiración artificial y muchas víctimas de ahogamiento, antes consideradas muertas, podían volver a la vida, la población nuevamente se preguntaba que era la muerte y si siempre se podría evitar a través de una tecnología. Por ello, en el siglo XVIII las técnicas de resucitación incluían golpes y sacudidas para reanimar a la persona.

Obersales en 1721 y G. Bianchi 1755 dieron a conocer públicamente sus investigaciones sobre la electricidad, y en 1803 Aldini, con base en ellas, electrificó el "cadáver" de un convicto aplicándole un choque eléctrico, el reo revivió y con ello la sociedad quedó nuevamente pasmada del poder de la ciencia sobre la muerte. Por tanto, no es de extrañar que poco después, en 1808, Mary Shelley haya utilizado el caso Aldini como base para su novela Dr. Frankestein. Nuevamente la sociedad tuvo conocimiento de la ciencia a través de la novela de ficción y apuntaló las ideas positivistas imperantes, la ciencia se volvía cada vez más el poder ilimitado del hombre sobre la muerte.

Pero el debate continuó en forma cada vez más inesperada, para 1701 Anton Von Leeuwenhock observó que había organismos que sobrevivían a la desecación por meses, y Baker y Spallanzani revivieron gusanos después de meses de animación suspendida, Claudio Berhard encontró "vida latente" en semillas, y S. Hunter y M. Hall revivieron reptiles y peces después de refrigeración en el proceso de hibernación.

¿Qué es la muerte?, se preguntaban todos, ¿puede regresarse a la vida después del cese de la respiración, desecación, hibernación, anestesia, choque eléctrico?, ¿quién esta vivo y quién muerto? En 1780, París, Antou Mermes popularizó el trance hipnótico, las personas observaban la conducta inconsciente de las personas; en aquellos momentos también se empezó a divulgar la existencia de zombis en Ã�frica, y se relacionó al aparente estado cataléptico que se ocasionaba en el trance hipnótico, ¿no sería esta la prueba, pensaba la sociedad, de que verdaderamente se podía regresar a los muertos? Los familiares y aun los médicos necesitaban pruebas de muerte antes de proceder al enterramiento, pero en apariencia no había ninguna segura al respecto, por ello se empezaron a implementar una serie de artilugios para tratar de constatar la pérdida de la vida.

En el siglo XVIII se popularizaron las técnicas de poner un espejo en la nariz del cadáver para observar si éste no se empañaba, o una vela o pluma para observar algún imperceptible movimiento de respiración, se sumergían en agua a los cadáveres esperando que se reanimaran ante la ausencia de oxígeno (cosa que en verdad a veces funcionaba al haber un coma reversible), algunos científicos incluyeron la auscultación con estetoscopio, tomar el pulso, abrir arterias para observar si no había latido en el flujo de sangre, observación de manchas lívidas, ojos hundidos o una combinación de relajación muscular, falta de parpadeo, relajación de esfínteres y piel fría.

Pero hay que recordar que el primer concepto de "muerte cerebral" surgió muchos años antes, ya que W. Harvey había preservado la circulación y respiración en un decapitado en 1627. Pero el público continuaba en pánico, por el temor no solo al entierro prematuro sino por la falta de comprensión del significado de la resucitación por maniobras paliativas. Otros preferían para evitar esa incertidumbre, que a sus familiares se les practicara una sangría total, se embalsamaran, se realizara la autopsia, se cremaran, o decapitaran. Por lo menos así estaban seguros de que no sufrieran de un enterramiento prematuro.

Pero el problema no era solamente social, para las leyes cada vez era más difícil uniformar el criterio de muerte, los expertos utilizaban sus propios métodos. Para complicar más todo, en 1880 Sidney Ringer conservó un corazón latiendo por algún tiempo en solución salina; las personas se sorprendían que una parte esencial del cuerpo (donde muchos todavía creían se asentaba el alma) podía vivir separada del todo e in vitro.

Si antes fue importante el diagnóstico de muerte, ahora es imperioso, porque si algunas personas temían anteriormente ser enterradas vivas, en nuestra época, temen ser sujetos involuntarios, in vivo, de donación de órganos. "

La obsesión de Poe a ser enterrado vivo parece que no tiene mucho sentido hoy en día debido a los avances científicos del último siglo, sin embargo, creo que no se puede evitar pensar en el tremendo terror que puede producir el hecho de ser enterrado vivo. Este terror está perfectamente reflejado en los relatos de Poe.

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